Premios Princesa de Asturias 2018
Discurso de Michael J. Sandel - Premio Princesa de Asturias EFE

Discurso de Michael J. Sandel - Premio Princesa de Asturias

Majestades,

Señoras y Señores:

Me siento profundamente honrado al recibir este premio. Tiene un significado especial para mí, por mis vínculos familiares con España que se remontan a más de 500 años, a 1492, cuando los judíos de España fueron expulsados por la Inquisición. Mi esposa Kiku Adatto es una judía sefardí cuya familia tiene sus orígenes en Sevilla. Después de la expulsión, emprendieron camino a Estambul, donde vivieron durante generaciones en el Imperio Otomano. A principios del siglo XX, su padre, Alberto Adatto, emigró de niño a los Estados Unidos. Su lengua materna era el ladino, el idioma judeoespañol escrito con caracteres hebreos. Kiku creció cantando canciones en ladino, todas muy románticas, y diciendo las bendiciones del Sabbat en ladino.

La herencia sefardí de la familia era tan fuerte que, en 1992, en el 500 aniversario de la expulsión, Alberto los llevó a todos, incluidos sus hijos y nietos, a Sevilla, para renovar sus lazos con España.

En 2015, nueve años después de la muerte de Alberto, España promulgó una ley que ofrecía la ciudadanía a los judíos sefardíes que pudieron demostrar su vínculo con aquéllos que fueron expulsados en 1492. Mi esposa Kiku, su hermano Richard y nuestros dos hijos Adam y Aaron la han solicitado. No es un proceso fácil; además de reunir una multitud de documentos, acaban de realizar un examen de cuatro horas de habilidades lingüísticas en español además de un examen que evalúa su conocimiento de la cultura española y la vida cívica. Si todo va bien, se convertirán en ciudadanos españoles. Al hacerlo, se hacen participes del proyecto español de memoria y reconciliación.

La Fundación Princesa de Asturias ha sido un importante colaborador en este proyecto. En 1990, otorgó el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a las Comunidades Sefardíes dispersas por todo el mundo. En una declaración elocuente, el Jurado describió a los sefardíes como “parte entrañable de la gran familia hispánica, que salieron de la Península Ibérica hace quinientos años con las llaves de sus casas en las manos. Lejos de su tierra, los sefardíes se convirtieron en una España itinerante, que ha conservado con inigualable celo el legado cultural y lingüístico de sus antepasados”.

Esta historia y mis lazos personales hacen que este premio sea tanto más significativo para mí.

También me trae a la memoria otra conexión con España, pues fue aquí donde comencé mi trayectoria como filósofo político. En 1975, comencé a cursar estudios de posgrado en Oxford, en el Reino Unido. Durante el primer descanso de invierno, en diciembre, un amigo y yo viajamos al sur de España para unas vacaciones dedicadas a leer y escribir.

Fue poco después de la muerte de Franco, cuando el rey Juan Carlos estaba preparando la transición de España a la democracia. Alquilamos una casa pequeña en un pueblo de la Costa del Sol.

En ese momento, estaba tratando de decidir si dedicarme a la economía o a la filosofía. Había empezado un trabajo sobre la economía del bienestar, sobre si la preocupación por la igualdad podía incluirse en la función del bienestar social o si la igualdad era un ideal moral independiente que los modelos económicos no podían captar. Mi amigo, un economista matemático, iba a colaborar conmigo en los aspectos más técnicos del documento.

Pero mi amigo tenía unos horarios bastante insólitos, quedándose despierto hasta las cinco de la madrugada y durmiendo hasta la tarde. Dormía hasta tan tarde que a menudo teníamos que correr para llegar al único restaurante del pueblo antes de que dejara de servir el almuerzo.

Debido a este horario, nos dedicamos al trabajo de economía por las noches. Eso me dejó tiempo libre, por las mañanas, para leer filosofía. Durante mis semanas en la Costa del Sol, leí cuatro libros: Teoría de la justicia de John Rawls; Anarquía, Estado y utopía de Robert Nozick; Crítica de la razón pura de Immanuel Kant; y La condición humana de Hannah Arendt.

Mientras luchaba por dar sentido a estos libros, me di cuenta de que, de distintas maneras, todos planteaban dudas sobre la filosofía utilitaria que otorga a la economía del bienestar su aparente claridad y rigor. Descubrí que las preguntas que se hacían –sobre la justicia, la moralidad y la vida buena– eran más profundas e invitaban aún más a la reflexión que los modelos económicos más sofisticados.

Me dejé seducir por la filosofía y todavía no me he recuperado. Hoy, ese documento sobre la igualdad y la función del bienestar social está aún sin terminar, en mi desván.

Pero incluso cuando empecé a enseñar y escribir sobre filosofía, quise conectarla con el mundo. Lo que me atrajo de la filosofía no fue su abstracción, sino su carácter ineludible y la luz que arroja sobre nuestra vida cotidiana. Entendida de esta manera, la filosofía pertenece no solo al aula, sino a la plaza pública, donde los ciudadanos deliberan sobre el bien común.

Dondequiera que viajo siento un gran interés por el debate público sobre cuestiones importantes, preguntas sobre la justicia, la igualdad y la desigualdad, sobre la historia y la memoria, sobre lo que significa ser ciudadano. Recientemente, en un viaje a Brasil, visité una favela en Río de Janeiro. Ese barrio marginal masivo rebosa tanto crimen y violencia que ha sido sometido a lo dan en llamar “pacificación”, una especie de ocupación militar. Allí conversé con un grupo de líderes comunitarios y jóvenes activistas sobre cómo encontrar una voz y construir una comunidad, incluso en medio de la pobreza y la violencia.

Presidía la reunión un hombre llamado Reginaldo. Había crecido en la favela. Reginaldo me contó que él también se había enamorado de la filosofía. Analfabeto hasta la edad de 25 años, trabajó como recolector de desechos, yendo de puerta en puerta en

los barrios ricos, recogiendo cosas de valor de los contenedores de basura de la gente. Una vez, encontró un libro roto. Mientras se esforzaba por entenderlo, el dueño de la casa lo vio y le preguntó qué estaba haciendo. Resulta que el libro roto contenía parte del diálogo de Platón sobre el juicio de Sócrates. Su dueño, un profesor jubilado de filosofía, enseñó a Reginaldo a leer y juntos hablaron sobre Platón.

Reginaldo aún vive en la favela y lidera los debates allí. Creo que él y yo estamos comprometidos con el proyecto que Sócrates comenzó: Invitar a los ciudadanos, independientemente de sus antecedentes o circunstancias sociales, a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza para arreglar el mundo en el que vivimos.

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